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PARTE 2: El supervisor del laboratorio
El hombre entró con pasos firmes, aunque se notaba que no quería estar ahí. Doña Mercedes se interpuso como si fuera dueña hasta del aire.
“¿Quién le dio permiso de meterse en mi casa?”
Él sacó una identificación.
“Mi nombre es Rodrigo Ibarra. Soy supervisor de control de calidad en Genética Integral. Vengo porque el informe entregado hoy no debió haberse liberado.”
Alejandro se enderezó de golpe.
“Yo no pedí ninguna visita.”
“Lo sé”, respondió Rodrigo. “Pero cuando detectamos irregularidades, tenemos obligación de intervenir antes de que una familia sea afectada por un resultado mal interpretado.”
Fernanda chasqueó la lengua.
“Qué conveniente. Justo cuando Mariana ya no tiene cómo defenderse, aparece un héroe de laboratorio.”
Rodrigo ni siquiera la miró. Abrió su portafolio y colocó varios documentos sobre la mesa vacía.
“No estoy aquí para defender a nadie. Estoy aquí porque esta prueba fue solicitada por una tercera persona, con muestras no verificadas, sin identificación oficial de los involucrados y sin toma supervisada por personal médico.”
El silencio se volvió pesado.
Miré a Alejandro.
“¿Hiciste esto a escondidas?”
Él bajó la mirada.
“Mi mamá dijo que era la única forma de saber la verdad sin escándalos.”
Me reí, pero fue una risa rota.
“¿Sin escándalos? ¿Y por eso me trajeron frente a toda tu familia para humillarme?”
Doña Mercedes levantó la barbilla.
“Yo tomé el cepillo de Mateo y uno de Alejandro de su baño. No hice nada malo. Una madre protege a su hijo.”
“Usted entró a mi casa, robó cosas personales y armó un juicio contra mí”, le dije.
Alejandro seguía callado. Y ese silencio me dolía más que la prueba.
Rodrigo señaló una línea del informe.
“El problema principal es este: la muestra etiquetada como perteneciente a Alejandro Salvatierra no coincide con el perfil genético que el laboratorio ya tenía registrado por estudios médicos anteriores.”
Alejandro frunció el ceño.
“¿Cómo que mi ADN no coincide conmigo?”
“Porque la muestra enviada no era suya”, dijo Rodrigo.
La sala explotó en murmullos.
Doña Mercedes perdió por primera vez su expresión de seguridad.
“Eso es imposible. Yo tomé el cepillo correcto.”
“¿De qué baño lo tomó?”, preguntó Alejandro, con la voz temblando.
Ella tardó en responder.
“Del baño de la habitación de visitas. El cepillo plateado que estaba junto al lavabo.”
Fernanda se llevó una mano a la boca.
“Ese no era de Alejandro…”
Todos voltearon hacia ella.
“Gustavo se quedó en esa habitación el fin de semana pasado”, murmuró, mirando a su esposo.
Gustavo, el cuñado de Alejandro, se puso rojo.