A las 4:30 de la mañana**, Mariana sostenía a su bebé con un brazo y removía una olla de frijoles con el otro cuando Andrés entró en la cocina y dijo, como quien pide un vaso de agua: «Quiero el divorcio».

La casa de la familia Robles, en un barrio acomodado de Querétaro, aún estaba en silencio. Solo se oía el café humeando, el comal calentando tortillas y el llanto cansado de Valentina —su hija de tres meses— pegada al pecho de Mariana.
Llevaba despierta desde las 2:15. Primero porque la bebé tenía cólicos.
Luego porque su suegra, doña Mercedes, había dejado una nota en la mesa de la cocina:
*«Desayuno listo antes de las 6. Huevos sin cebolla para tu suegro. Licuado para Fabiola. Café cargado para Andrés. No olvides planchar su camisa azul»*.
Mariana leyó la nota sin sorpresa. En esa casa no se pedía.
Se daban órdenes. Andrés apareció con el pelo mojado, la camisa mal abotonada y oliendo a un perfume caro que no pertenecía a ninguno de los dos.
En su cuello había una tenue mancha, como de maquillaje.
Ella la vio.
Él supo que ella la vio.