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PARTE 2: Las luces de urgencias me lastimaban los ojos como cuchillos blancos.
Llegué al hospital doblada del dolor, con una mano sobre el vientre y la otra apretando mi bolsa como si ahí pudiera guardar lo poco que me quedaba de fuerza. Diego manejó en silencio. No me tocó. No me preguntó si podía respirar. Solo repetía, una y otra vez:
“Mi papá no quiso hacerte daño. Se le pasó la mano.”
Yo lo miré desde el asiento del copiloto con un odio que jamás pensé sentir por mi esposo.
“Tu papá me pateó. Tu mamá me sujetó. Tu hermano quería robarse mi camioneta. Y tú lo viste todo.”
No respondió.
En urgencias me pasaron rápido porque el dolor no bajaba. Yo tenía doce semanas de embarazo. Nadie lo sabía. Había querido esperar un poco más, sentirme segura, preparar una sorpresa para Diego. Había imaginado una cajita con unos zapatitos, una cena tranquila, tal vez lágrimas bonitas.
Nunca imaginé que la noticia saldría así.
La doctora entró con una cara que me heló la sangre antes de hablar.
“Mariana, lo siento mucho. El trauma abdominal provocó la pérdida del embarazo.”
El mundo se quedó mudo.
No escuché el carrito de medicamentos, ni los pasos afuera, ni el llanto de una señora en la cortina de al lado. Solo sentí un hueco enorme, frío, como si me hubieran arrancado el futuro con las manos.
Diego se levantó de golpe.
“¿Embarazo? ¿Qué embarazo?”
Lo miré. Ya no era mi esposo. Era un desconocido cobarde con mi anillo en la mano.
“Perdimos a nuestro bebé porque tu papá me pateó.”
Su cara se quebró, pero ni siquiera entonces se acercó del todo. Se quedó a medio metro de la cama, como si mi dolor fuera contagioso.
Esa noche regresamos al departamento. Yo no quería verlo. Me encerré en el baño y lloré en silencio frente al espejo. Me levanté la blusa y vi el moretón formándose en mi piel. Luego saqué de mi bolsa la carpeta de la camioneta: factura, contrato, pagos, todo a mi nombre.
Entonces entendí algo terrible.
Esto nunca fue por un carro.
Era por control.
A las dos de la mañana, mi celular vibró.
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