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PARTE 2: “Mi mamá dejó pruebas”, dijo Valeria, y esas cuatro palabras cambiaron todo.
Yo no le contesté de inmediato. La cocina estaba en silencio, salvo por el ruido del refrigerador viejo y los pajaritos que empezaban a cantar afuera. Mis tres nietas estaban frente a mí como si ya no pudieran cargar solas con lo que sabían.
“¿Qué pruebas?”, pregunté al fin.
Sofía sacó de la bolsa de su chamarra una memoria USB. Camila, con sus manitas temblando, puso sobre la mesa un celular viejo de Elena. Valeria abrió su mochila y sacó una libreta de pasta azul, gastada en las esquinas.
“Mi mamá escribía todo”, dijo. “Decía que si un día le pasaba algo, no quería que nos quedáramos sin voz.”
Fuimos a la casa de Elena esa misma mañana. Ricardo no estaba. Según un vecino, se había ido desde temprano con una mujer de cabello rubio teñido en una camioneta blanca. A mí me ardió el pecho, pero no dije nada delante de las niñas.
La casa todavía olía a mi hija. A crema de vainilla, a ropa limpia, a ese perfume barato que ella usaba porque decía que no necesitaba marcas caras para sentirse bonita.
Valeria nos llevó directo al clóset. Detrás de unas cajas de zapatos había más libretas, recibos, copias de correos impresos y una carpeta color amarillo.
Nos sentamos en el comedor.
Abrí la primera libreta.
Al principio eran cosas normales: lista del súper, pagos de la escuela, citas médicas. Luego la letra de Elena empezó a cambiar. Más apretada. Más urgente.
“Ricardo dice que las niñas son una carga.”
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