ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

cDespués de tres años de matrimonio, mi esposo de pronto me pidió dormir en habitaciones separadas. Me opuse con todas mis fuerzas, pero no logré hacerlo cambiar de opinión. Así que, aprovechando que él no estaba en casa, mandé hacer un pequeño agujero en la pared… Y la noche siguiente, cuando miré por ahí, casi grité del susto al descubrir la verdadera razón…

²

Entonces Lucía abrió los ojos y miro los documentos y el lo que la comprometan miró a los niños con pena más que con dulzura, entendió lo que podía suceder y por más que buscaba explicación no entendía porque el hombre que ella amaba el padre de sus dos hijos la habría llevado hasta ese extremo y vinieron respuestas a su mente….. Siganle
  • PARTE 2: Al amanecer, Diego salió del cuarto con una sonrisa pálida.
    —Buenos días, mi amor.
    Yo lo miré como si fuera un desconocido. Tenía ojeras profundas, los labios resecos y una mano escondida sobre el estómago.
    Quise abrazarlo y gritarle: “¡Ya sé todo!”. Pero no pude. Porque para decirlo, también tendría que confesar que había mandado agujerar la pared para espiarlo.
    Así que le serví café y me tragué la culpa.
    Cuando se fue al trabajo, entré al cuarto pequeño. Estaba impecable. Diego había escondido todo. Pero en el bote de basura encontré un papel arrugado.
    No debía leerlo.
    Lo leí.
    Era una hoja del Hospital Ángeles México. Entre términos que apenas entendía, había una frase que me congeló la sangre: tratamiento oncológico urgente.
    Mi esposo tenía cáncer.
    Y yo había pensado que me engañaba.
    Esa tarde cancelé mis pedidos, me senté frente a la computadora y busqué cada medicamento. Náuseas, fiebre, dolor, temblores, agotamiento. Entonces entendí todo: Diego no se había ido a dormir solo porque no me amara. Se escondía para que yo no lo oyera llorar.
    Esa noche preparé su comida favorita: chilaquiles verdes con pollo, frijoles refritos y agua de jamaica. Cuando llegó, sonrió cansado.
    —¿Celebramos algo?
    —Que sigues aquí —respondí.
    Diego dejó de sonreír.
    Después de cenar, le tomé la mano.
    —Dime la verdad.
    —¿De qué?
    —De tu enfermedad.
    El silencio fue más doloroso que cualquier grito.
    —¿Cómo sabes? —preguntó, con la voz rota.
    —Encontré un papel.
    No le dije lo del agujero. Todavía no.
    Diego se cubrió la cara. Me contó que se lo habían detectado dos meses antes, que el tratamiento era caro, que había vendido el coche, pedido préstamos y usado nuestros ahorros.
    —No quería arruinarte la vida —dijo.
    —Mi vida eres tú, Diego.
    Nos abrazamos llorando. Esa noche volvió a nuestra cama. Pero antes de dormir soltó otra verdad:
    —Ya no puedo pagar lo que sigue.
    Al día siguiente lo acompañé al hospital. El doctor fue claro: había esperanza, pero el tratamiento no podía detenerse. La cifra era imposible.
    Próxima

    ADVERTISEMENT

    ADVERTISEMENT

Leave a Comment