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Nunca imaginé que la miseria de otros pudiera ser usada como escenario, ni que la vergüenza pudiera generar tantos clics.
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La primera vez que lo vi grabando, sonreía como si fuera un héroe.
Traía una cámara al hombro, el celular en la otra mano y esa voz exageradamente cálida que usan algunos cuando quieren parecer buenos frente a miles de desconocidos.
Hablaba de “dar apoyo”, de “cambiar vidas”, de “ayudar a quien más lo necesita”.
La gente lo aplaudía.
Los comentarios lo llenaban de bendiciones.
Y él, entre luces, filtros y tomas bien encuadradas, parecía tener el corazón más grande del mundo.
Yo fui uno de los que creyó en él.
O al menos uno de los que quiso creer.
Porque cuando uno tiene hambre de trabajo, de estabilidad o de una oportunidad, a veces no mira con suficiente cuidado a quien se la está ofreciendo.