Pero un día, al llegar a casa antes de lo previsto, descubrí a mi esposa comiendo a escondidas un plato de arroz en mal estado mezclado con cabezas y espinas de pescado. Cereal y pasta.
Ese día, el trabajo terminó temprano debido a un apagón, así que decidí darle una sorpresa. De camino a Guadalajara, incluso le compré un paquete de leche importada, la cual el médico le había recomendado para que se recuperara más rápido después del parto.
Entré a la cocina y me quedé helado. Mi esposa, Hue, estaba sentada en un rincón, comiendo rápida y nerviosamente de un plato, secándose las lágrimas. Cuando le quité el plato, me horroricé al verlo lleno de arroz rancio y restos de cabezas y espinas de pescado. Platos y cubiertos.
Hue finalmente admitió que, desde que mi madre salió del hospital, había estado guardando comida buena para ella y para mí, insistiendo en que una mujer no debería comer mucho después del parto. Hue solo recibía sobras.
Furioso y devastado, me encontré con mi madre en casa de un vecino. Cuando llegamos a casa y ella intentó restarle importancia al plato diciendo que era “comida para gatos”, comprendí la verdad. Le pregunté si se lo comería ella misma o si se lo daría a alguien a quien quisiera.
No supo qué responder.
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