Una hora antes de mi boda, estaba descalza en la suite nupcial de la Capilla de San Andrés, con una mano apoyada en la parte baja de la espalda y la otra sobre mi vientre hinchado. El dolor era agudo e intenso: oleadas que iban y venían, dejándome sin aliento. Con siete meses de embarazo, cada momento se sentía más frágil, como si el mismo aire a mi alrededor pudiera romper el delicado equilibrio de aquel día.
Estaba sola en la suite por primera vez en toda la mañana. Mi dama de honor, Emily, había bajado para revisar por última vez las flores, y mi madre estaba ocupada en el salón de recepción, asegurándose de que las tarjetas de los lugares estuvieran perfectamente colocadas. El día avanzaba muy rápido, y todo tenía que ser impecable. Después de meses de planificación, aquello se suponía que sería la culminación de un sueño.
Pero, en lugar de eso, estaba intentando no desmoronarme, tratando de respirar profundamente durante las contracciones que esperaba que aún no fueran señales de parto. Pasé los dedos sobre el encaje de mi vestido, sintiendo su peso, un símbolo de un futuro que creía haber elegido cuidadosamente.
Me pareció oír la voz de Ethan en el pasillo.
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